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jueves, 21 de abril de 2016

Dos crímenes perfectos, de Sotirios Moutsanas



Siempre nos dicen que el crimen perfecto no existe, y que tarde o temprano los criminales caerán en la red de la justicia. Al menos eso es lo que han querido inculcarnos; no obstante, les aseguro que no siempre fue así. ¿Cómo puedo convencerles que esto es verdad? Claro que puedo, por la simple razón de que yo había cometido dos crímenes y había quedado totalmente  impune. De entrada tengo que informar que yo ya habré muerto cuando otras personas estén leyendo mi relato. Entregué a mi mejor amigo un sobre con el texto y se comprometió conmigo a no abrirlo hasta mi fallecimiento. La razón principal de su publicación es que quisiera ser reconocido como un genio del crimen, así que sin preámbulos empiezo a narrarles mi historia
Cuando tenía dieciocho años conocí a una chica muy dulce, guapa y con una inteligencia fuera de lo común. Entablamos una relación seria planeando nuestro futuro juntos y cuando íbamos a terminar la universidad, encontrar trabajo, casarnos y formar una familia.
Tras pasar dos años en plena felicidad un día la visité en su instituto de inglés por sorpresa para entregarle un anillo de compromiso. Sin embargo, para mi desgracia la encontré en la puerta magreándose con un tipo mucho más alto y guapo que yo. El corazón empezó a retumbarme en el pecho, una ira incontrolable se apoderó de mí y empezó a hervir la sangre en mis venas; no podía concebir semejante traición. Habíamos empezado una fuerte discusión donde ella contaba a su amante que yo la estaba acosando desde hace tiempo y que ella no tenía nada conmigo. No contenta con sus falacias comenzó a amenazarme diciéndome que si no me marchaba llamaría  a la policía. Aquello había sido el principio de una transformación radical en mi personalidad. De ser un chico afable, confiado y sosegado de repente me había convertido gradualmente en una persona desconfiada, agresiva y lleno de resentimientos.
Desde entonces mi relación con las mujeres cambió totalmente. Ya no las veía como antes, más bien las percibía  como personas traicioneras, pérfidas y lo más importante, infieles. Para mí, queridísimos amigos lectores, las mujeres eran como un enorme saco de serpientes y a ciegas tenía que poner la mano en el saco y sacar uno que podía ser: la mamba negra, la cobra real, la víbora de cascabel o…
Como era obvio todas mis relaciones fracasaban una detrás de otra hasta llegar a los cuarenta años. A esta edad conocí una chica con unos grandes ojos azules de ensueño, rebosantes de dulzura y cuyo rostro irradiaba amor y alegría. Desde el primer instante en que la vi me quedé prendado de ella, pero lo mejor fue que ella había sentido lo mismo. Ella era muy joven sólo tenía veintidós años; no obstante, eso no nos había impedido casarnos para disfrutar de nuestro amor.
Como era de esperar  en seguida empecé con mis celos impertinentes. No dejaba de importunarla a todas horas. ¿Dónde vas? ¿De dónde vienes? Ella me juraba que me era fiel, pero como era natural yo desconfiaba de ella. A decir verdad, no me extraña porque ella era una mujer espectacular. Empecé a seguirla a escondidas a todas partes, cuando iba con amigas, en el mercado, en el gimnasio, vamos era como su sombra. Sin embargo, por increíble que parezca no podía pillarla nunca. Finalmente, desesperado decidí contratar un detective privado. Durante tres meses, según él, la había vigilado y observado con detenimiento sin obtener ningún indicio de infelicidad.
—La señora Trisha es una mujer integra, honesta y totalmente fiel a usted—me dijo con tono solemne. Claro yo no solo no le había creído, sino que estaba totalmente seguro que ella se había acostado con él para que no descubriese sus fechorías.
Mi vida había sido un suplicio. Durante cinco años infernales de matrimonio vivía con una mujer desleal y yo jamás había sido capaz de pillarla. Desde luego para mi infortunio vivía con la reencarnación de demonio disfrazado de ángel. Al pensar en los pros y contras tomé la decisión de vengarme de ella. Había que actuar con astucia y cometer mi crimen  de una manera tan perfecta que jamás nadie pudiese descubrirme y así quedar impune.
Habitaba en un chalé con amplio jardín y un enorme sótano. Mi trabajo era de jefe de construcción y el sótano lo tenía lleno de materiales para tal propósito, incluido ladrillos. Leyendo en un libro de historia como los monjes de la edad media emparedaban a sus víctimas tuve una idea: decidí emparedarla. Medí unos cuarenta centímetros del muro en el fondo del sótano e inicié la construcción de un doble muro. Cuando estaba a punto de terminar dejé un pequeño hueco sin hacer; pero lo suficientemente grande como para pasar el cuerpo de mi mujer. Empecé a pintar toda la casa y cuando después de tres días finalicé, comencé a pintar también el sótano. Sólo me quedaba la parte del fondo del muro donde había construido la doble pared. Lo demás fue coser y cantar. Di a mi mujer un vaso de leche que tenía dentro un somnífero que la mantendría dormida por lo menos unas horas. Cuando estaba dormida plácidamente la enrollé con una manta y la bajé  al sótano. Eran las tres de la mañana cuando la metí por el hueco e inmediatamente  procedí a taparlo con los ladrillos. Ahora solo faltaba pintar la pared. Trabajé con ahínco y al terminar miré detenidamente  mi obra. Era totalmente imposible adivinar que fuera un doble muro. Soy un genio—dije con aire de triunfo. Sin la más mínima duda, jamás nadie la va a encontrar. De súbito, ella se despertó y comenzó a llamarme sollozando histérica.
— ¿Qué quieres?—Le dije con tono áspero.
—Por favor, por el sagrado nombre de Dios, déjame salir de aquí.
—Te voy a liberar solo con una condición: tienes que confesar tu infidelidad.
—Por la inmensa misericordia de Dios, yo jamás he sido infiel contigo.
—Como quieras. Ahí te quedarás hasta que confieses la verdad.
—De acuerdo, sí que he sido infiel. Ahora, por favor, libérame.
¡Por fin¡ ¡Demonio! ¡Hija de satanás¡ ¡Víbora venenosa¡ ¡LO CONFESASTE!
—Por lo que más quieras, tengo mucho frío, no me abandones, ten compasión de mí—dijo con tono quejumbroso.
Sollozaba como una niña pequeña. Sus gemidos de desolación romperían el corazón de la persona más impasible. Me asomé por el muro y pude sentir como sus lágrimas se agolpaban en sus ojos, como su cuerpo se convulsionaba por el frío, como le castañeteaban los dientes por el miedo atroz que experimentaba. Hasta pude sentir como el corazón le martilleaba en el pecho.
¡Ay, si pudierais verlo, amigos, si pudierais sentirlo!  ¡¡¡HORRIBLE¡¡¡
¿Podríais  imaginarlo?  Encerrados entre dos paredes, sin apenas poder moveros, en plena oscuridad condenados a una muerte de lo más horripilante que existe. Hasta pude sentir su angustia, su ansiedad, su pavor. La dejé morir sola, desamparada en la más cruel de las muertes emparedada entre dos muros. Según me encaminaba a la salida del sótano escuchaba su voz ahogada de la  zozobra y la consternación.
— ¡Por el nombre de Dios, ten compasión de mí, no me dejes morir, ten compasión, yo siempre te he sido fiel!
Cerré la puerta del sótano y miré el cielo estrellado. Una luna llena de color miel adornaba la bóveda celeste y alumbrando de lleno mi rostro parecía decirme: ¡Bravo has hecho lo que debías hacer! Por fin, había dado su merecido a este demonio. Me dirigí hacia mi cama lleno de regocijo y satisfacción para soñar con los sueños más placenteros que jamás había tenido.
Los primeros tres años desde la desaparición de mi esposa habían sido infernales. Los periodistas me habían acosado constantemente.
— ¿Qué has hecho con el cuerpo de la pobre mujer?—Me preguntaban con tono inquisitivo.
Yo respondía siempre lo mismo.
—Ella está en Europa con su amante.  Si tanto les interesa vayan a buscarla allá.
La verdad es que en todo momento había sido el principal sospechoso de su desaparición; no obstante, aunque habían registrado  toda la vivienda incluyendo el sótano no habían podido hallar ningún vestigio para acusarme. No pararon de buscarla en la televisión, en los periódicos; sin embargo, nunca hallaron ni rastro de ella. Parece que se la tragó la tierra.



Al pasar cinco años de su desaparición conseguí la nulidad matrimonial y me casé de nuevo con una mujer de treinta seis años. Era una mujer guapa, morena con un carácter bastante temperamental. Al año de nuestra unión reñíamos  a menudo a causa de mis celos y ella me plantaba cara.
Un día volví a casa tras terminar mi trabajo y me encontré con una patrulla de la policía esperándome en la puerta de mi domicilio. Me pidieron las llaves de la casa y me presentaron una orden del juez de alejamiento por acoso. Me dijeron que se me prohibía categóricamente acercarme a mi mujer a menos de un kilómetro. Yo protesté enérgicamente defendiendo que la casa era mía, pero fue en vano. Había que acatar la orden del juez. Cogí mis maletas, con mis pertenencias personales y al final, muy a mi pesar, tuve que marcharme.
¡Oh, queridísimos amigos lectores, ni de día ni de noche pude conciliar el sueño! No iba a tranquilizarme hasta que no viera en un ataúd a esa víbora de cascabel. Intenté  hilvanar mis ideas y decidí cometer un crimen tan perfecto que jamás alguien pudiera  sospechar que no murió por causas naturales. No olvidéis que todavía era el principal sospechoso de la desaparición de mi ex mujer. Durante tres meses planeé meticulosamente, hasta el más mínimo detalle, los pasos que debía dar. Era cuestión de tiempo. Esperé con serenidad el momento preciso, y efectivamente no tardó en aparecer. Un huracán estaba a punto de asolar el estado de Florida. La televisión y la radio avisaron a la población que se quedara en sus casas, porque el viento iba a superar los 180 kilómetros por hora y sería altamente peligroso salir de casa.
Cuando el huracán atizaba la ciudad y en la calles no había ni un alma, cogí el automóvil y al llegar cerca de su casa aparqué. Era las 22:30, llevaba impermeables, me puse mis guantes y me cambié los zapatos con unos de peluche. Al salir del coche apenas podía sostenerme en pie. Era una noche infernal. El viento gemía y me sacudía con una violencia que parecía el mismísimo demonio, cortinas de agua azotaba mi cara, relampagueaba y tronaba como si hubiera llegado el fin del mundo. Estoy seguro que si alguien hubiese podido verme hubiese dicho que se me había perdido la chaveta. Al llegar a casa utilicé unas copias de las llaves que tenía en la furgoneta. Abrí la puerta y entré sigilosamente. Ella tenía una manía. Cada día a las 22:45 siempre hacía un baño espumoso con música relajante y  tenía encendida varias velas aromáticas. Era como un reloj. A las 23:40 se terminaba y se iba a la cama. Miré mi reloj era las  23:10 estaba en pleno relajamiento. Subí las escaleras con el cuidado de un experto ladrón con paso fino, parecía un felino acechando su víctima. Tenía la puerta semiabierta mientras escuchaba su música favorita: Vangelis Conquest of Paradise. Me moví con maestría, me situé detrás de ella, y con  rapidez la agarré por los hombros y la hundí en el agua. Se agitaba igual que se agitaría un pez cuando  está atrapado. Al pasar treinta segundos  su fuerza empezó a decrecer hasta que al minuto se quedó totalmente quieta.
—Mira que te lo dije un montón de veces, maltita  víbora venenosa: fumar perjudica seriamente la salud— le dije con tono resuelto—. No has durado ni un minuto.
Bajé raudo a su  habitación y me encaminé hacia su mesita de noche. Allí tenía las píldoras antidepresivas que se las recetó el psiquiatra a causa de nuestras continuas contiendas. Cogí tres de ellas y rápidamente se las puse dentro de la boca. Eran unas pastillas  especiales de las que se deshacen en la lengua. Ella odiaba las píldoras, y las utilizaba igual que chupar un caramelo. Cuando el forense dictaminará su resultado sin duda seria: “Desmayo y ahogamiento por ingerir sobredosis de antidepresivos.” Pensé con aire complaciente.
Limpié el baño del agua que se ha caído, miré su hombro, no se veía ningún indicio de violencia gracias a los guantes.
Desde luego había hecho un trabajo extraordinario.
Tras pasar dos días me llamó un amigo para contarme la enorme desgracia de su fallecimiento. El médico forense dictó: “Muerte por ahogamiento a causa de desmayo por ingerir exceso de antidepresivos.”
En el sepelio lloraba como una magdalena. No paraba de confortar a sus padres y a sus hermanos con abrazos de consternación, y con los ojos bañados en lágrimas seguía sollozando desconsoladamente. Incluso al final empecé a tener espasmos en el suelo, y claro, me desmayé. En pocas palabras para darme el Oscar a la mejor interpretación. Hasta escuchaba susurros: “Pobrecito, como la quería.”
Ya mi venganza se había completado. Podía volver a mi casa y sentarme en mi sitio favorito, en el sótano, al lado del muro donde estaba emparedada mi ex mujer. Me deleitaba tomando un café y diciéndole que todo lo que le pasó ha sido por ponerme los cuernos.
Al pasar dos años mi hermano me convenció para visitar a un psiquiatra  por mis problemas de celos con las mujeres. El diagnóstico fue: “Trastorno psicótico con alucinaciones y delirios.” Había que tomar unas píldoras tres veces al día. Mi estado cambió completamente, por fin, podía controlar mis celos y hasta me había casado por tercera vez con una mujer muy comprensiva y agradable. Lo que más me complace de ella es su cuello. Lo tiene largo y hermoso como la Afrodita de Cnido. Hay veces que me vienen a la mente pensamientos raros: como que me pone los cuernos y entonces tengo ganas de arrimarme sigilosamente detrás de ella, cerca de su cuello y…



—Aquí esta señor inspector, la hemos encontrado como menciona el psicópata en su relato, emparedada entre los dos muros.
— Hay que recoger sus restos para dar santa sepultura a esta pobre mujer. Los ojos del inspector contemplaron detenidamente la mujer que había a su lado y la dijo:
—Durante 30 años de servicio he visto de todo, pero jamás  había visto un monstruo semejante; es una abominación y  un insulto para la raza humana. Usted tiene mucha suerte de estar viva. Es un milagro que  ese monstruo no la haya matado.
Ella con los ojos nublados de aflicción respondió:
—En los últimos meses el cáncer se extendió por todo su cuerpo y empezó a ver dos mujeres que según él le querían llevar al otro mundo. Él las gritaba y las llamaba víboras venenosas, diciendo que lo mejor que había hecho en esta vida era enterrarlas bajo tierra.
En la sepultura todos los familiares de Trisha llenos de emoción escuchaban las palabras de sacerdote colmados de emoción. Detrás de ellos había dos mujeres incorpóreas.
—Creo que nuestras almas ya pueden descansar en paz, Trisha.
—Sí, es verdad, mientras mi cuerpo estaba emparedado me sentía como alma en pena. Ahora me encuentro aliviada y feliz.
De súbito, una luz se manifestó y las dos mujeres empezaron a escuchar las voces de sus familiares pidiéndolas ir con ellos. Las dos mujeres cogidas de la mano se encaminaron hacia la luz con el corazón repleto de amor y bienaventuranza.




viernes, 21 de agosto de 2015

Soy un asesino, merezco la muerte, de Sotirios Moutsanas



Hola , amigos . Mi relato" Soy un asesino, merezco la muerte" ha sido seleccionado en el concurso Antología afectados por la crisis . También se ha publicado en el libro que les pongo arriba. Un fuerte abrazo, Sotirios.




Al embargarme el piso, en seguida vino mi divorcio. La maldita crisis hizo mella en mí: literalmente me había destrozado  la vida. Juré  vengarme de la sociedad; y me convertí en un asesino despiadado y un ladrón sin escrúpulos. Más sufrimiento que producía en los demás, más dichoso me sentía. Hasta aquel fatídico día cuando entré a robar en este detestable chalé. Ella estaba dormida plácidamente en su lecho, apenas tenía veinte años; la misma edad que tendría mi hija, que no la veía desde hace por lo menos diez años. Por desgracia, se despertó: tenía que matarla. Empecé a estrangularla, sus ojos desorbitadamente abiertos como platos se clavaron en los míos. Lo desconcertante era que, según la asfixiaba, yo sentía lo mismo que ella: no podía respirar. Por un momento sentí como me asfixiaba a mí mismo. Finalmente, se puso los ojos en blanco y dejó su último aliento.

Al volver, mis ojos se fijaron en la cómoda. Me arrimé y vi la foto de mi hija cuando tenía diez años. Mis aullidos de dolor rasgaron en dos el silencio de la noche. De mi boca sólo salían las mismas palabras: “Soy un asesino, merezco la muerte.” 


domingo, 21 de junio de 2015

Maldito cañón , maldito seas por toda la eternidad , de Sotirios Moutsanas



El gran cañón de nueve metros de longitud presentaba un aspecto monstruoso. Durante un mes bombardeaba las hasta entonces impenetrables murallas de Constantinopla, destrozándolas y formando una enorme brecha. Giovanni, con sus soldados bizantinos, resguardaba la gran ciudad voceando:
—Por el nombre de Cristo defenderemos con nuestra propia sangre  la cuna del cristianismo.
En el cielo los ángeles, mártires, santos… contemplaban consternados con sus ojos espirituales la espeluznante batalla. La tristeza se había apoderado de todos y afligidos lloraban. San Constantino y santa Elena se acercaron al trono del Señor y se arrodillaron suplicando clemencia para Constantinopla.
—Los imperios son como las personas, nacen, crecen, envejecen y mueren. Esta es la ley de mi padre y hay que acatarla—dijo Cristo con aire compungido.
Los turcos atacaron con todas sus tropas, los cristianos se defendieron como pudieron, pero al final sucumbieron. Mientras ellos asediaban la ciudad, en el cielo con el corazón desbocado la desolación se apoderó de todos los seres de luz. Dos lágrimas hirvientes se deslizaron por las mejillas del señor. Al unísono en el cielo lamentando susurraban:
¡¡¡ Ha caído la gran ciudad, la gran ciudad ha caído!!!

¡Maldito cañón, maldito seas por toda la eternidad! 

sábado, 9 de mayo de 2015

El maestro del sexo ( Relato erótico) De Sotirios Moutsanas




—Buenos días, Soy Nellie.
—Pase usted, señorita Nellie, tome asiento en el sofá. Dígame, por favor, con concisión y honestidad qué le pasa.
—Yo estuve casada durante diez años y con mi difunto esposo no había conocido jamás el orgasmo. Y ahora con mi actual pareja me pasa lo mismo.
—Dígame, por favor, cómo practica usted el coito con él.
—Él sólo hace el amor conmigo en la posición del misionero. Se desnuda y eyacula en menos de dos minutos.
La contemplé asombrado, tenía el cabello lustroso, rubio resplandeciente. Sus ojos grandes de color zafiro eran cristalinos, brillantes como luceros. Había algo en ella endiabladamente hermoso que me hechizaba y me atraía como un imán.

––He hecho lo que me había pedido: compré y llevo puesta la lencería negra.
Clavé los ojos en los suyos y le dije con voz melindrosa:
—Usted tiene los ojos más hermosos que he visto jamás en una mujer ––Ella se ruborizó  y esbozó una amplia sonrisa—.Es usted una mujer atractiva;  sin duda, con estos labios carnosos, sensuales, rosados como las fresas, volvería loco a cualquier hombre.
Lanzó una sonrisa de complacencia mostrando unos dientes blanquísimos como el marfil y susurró con un tono de voz muy sensual:
—Gracias, es usted muy amable.
Me acerqué a ella y la besé apasionadamente. Mientras nuestras lenguas se entrelazaban sentía el cálido y suave interior de su boca. Ella empezó a temblar de excitación. Desabroché la hilera de botones de su vestido y admiré sus firmes pechos perfectos, tenía la piel ardiendo y los pezones endurecidos. Empecé a recorrer con los labios el terciopelo de su piel, besando sus senos erguidos, succionando con la lengua los pezones, mientras ella jadeaba de placer; se ponían más rojos y duros por momentos. Cada vez estaba más excitada y le brillaban los ojos de felicidad.

Seguía besándola con ternura  deslizando mi mano entre los pliegues de su sexo; con la palma de la mano empecé a trazar círculos alrededor de la flor excitada. Ella gemía de placer. Entretanto, yo seguía acariciando el clítoris una y  otra vez. De repente, extraje de mi bolsa un vibrador de  última generación y lo deposité en su clítoris poniéndolo a su máxima potencia. Ella se volvió loca de placer. Puso los ojos en blanco según lanzaba gemidos  de gozo hasta que finalmente llegó al clímax.
Me levanté y cogí una botella de champán de la nevera. Le ofrecí una copa acompañada de fresas con nata. En sus facciones  se había dibujado una inmensa alegría y una bonita sonrisa iluminaba su faz. Durante treinta minutos  estuve relatándole mi viaje a la isla Santorini, en Grecia, que atesora los amaneceres y los atardeceres más bonitos del mundo. Ella me miraba como una colegiala enamorada disfrutando de mi conversación. Me arrimé otra vez a sus labios sensuales y le di un caluroso beso lleno de pasión. Mi lengua penetró suavemente en su boca con un beso profundo que le inundó de dicha. Mientras la besaba había introducido mis dos dedos entre sus húmedos pliegues notando el calor de su interior. Bajé por su vulva hinchada lamiendo, succionando, besando su clítoris. Finalmente, hundí la lengua en la apertura de su sexo. Ella estaba a punto de perder la cabeza, a tenor de los jadeos y gemidos que emitía. Sentí su clítoris vibrando  en mi boca y su orgasmo fue largo y resplandeciente: la había dejado sin aliento. Poniendo los ojos en blanco, ella sólo pudo murmurar:
––Eres  increíble… el hombre soñado por cualquier mujer.




Desabroché mi pantalón y salió mi falo duro como el acero. Sus ojos casi salieron de sus cuencas por la sorpresa. Contempló asombrada mi enorme pene y dijo:
––¡Dios Santo! Sería muy generosa si le dijera que mis dos parejas apenas llegarían a la mitad.
Contempló otra vez mi falo con una mirada lasciva. La llevé a la habitación donde tenía la cama repleta de pétalos de rosa. Encendí unas velas aromáticas y puse música amorosa. Sentía cómo a ella le embargaba una intensa excitación. La puse a cuatro patas e introduje la punta de mi pene poco a poco en su vulva. Al principio, muy lento, y según estaba temblando de excitación, más  y más deprisa. Ella gemía gritando:
—Oh, sí… oh, sí… ¡Más rápido! ¡Más fuerte!
Mis años de experiencia me indicaban aquello que ella necesitaba en cada momento, así que fui añadiendo distintas formas de pasión según se producían los acontecimientos. En un momento dado, le azoté  las nalgas con la palma de mi mano; ella se volvió totalmente loca de placer.
—Me gusta, me gusta mucho, dame  más fuerte, por favor.
––Llámame amo si quieres que te dé más fuerte ––le dije con voz pastosa.
—Sí, amo, dame duro.
Saqué de un cajón una fusta y comencé  a flagelarla a la vez que la penetraba fuerte aferrándome a sus nalgas. Después de haber pasado cuarenta minutos infernales de gemidos y jadeos, caímos exhaustos en la cama. Ella había tenido como mínimo tres orgasmos más. Nos bañamos juntos y finalmente ya vestidos descansamos en el salón. Sacó de su cartera mil euros y me los ofreció con semblante muy serio.
—Aquí están sus honorarios, tal y como habíamos  acordado.
—Muchísimas gracias, Nellie —dije con voz queda.
De pronto sus ojos se nublaron y unas lágrimas rodaron de sus mejillas.
—¿Qué te pasa, cariño?—le dije con aire de preocupación.
—Es que  para mí eres el hombre de mi vida. Me da mucha rabia no poder verte más. 
Se hizo un silencio breve, y le dije:
––Mira, Nellie, hace seis meses que estoy cavilando retirarme. Tengo cuarenta y un años, poseo este apartamento, un chalé en la sierra, y soy copropietario de una gasolinera. ¿Crees que podamos formar juntos una familia?
Sus ojos relampaguearon de felicidad. Me abrazó con el cuerpo temblando  de emoción. Fui  hasta el armario, cogí una pequeña cajita, di media vuelta, me arrodillé ante  ella y le dije con voz meliflua:
––Nellie, ¿te gustaría casarte conmigo?
Ella se quedó boquiabierta mirando con ojos resplandecientes  el suntuoso anillo de diamantes.
—Sí, mi amor—me dijo y me abrazó efusivamente.
—Solo hay un problema: ¿qué vas a hacer con tu actual pareja?
—Ahora  mismo le llamo y le mando al diablo.

—Cariño, te voy a llevar  esta noche a las cuevas en la Plaza Mayor a comer pescadito y a escuchar música en vivo para sellar nuestro compromiso. Y luego  sabes la que te espera… —dije enseñándole mi fusta.
Los ojos de Nellie se desbordaron de lágrimas,  acarició la fusta emocionada mientras me abrazaba con cariño. Yo solo añadí:
—Juro que este culito jamás volverá a pasar hambre.
Nuestros labios y lenguas se entrelazaron en un beso interminable.

sábado, 11 de abril de 2015

Bill Kill III , de Sotirios Moutsanas







Mi nombre es Bill Esteban Ortega y en unas pocas horas seré electrocutado. El periódico más célebre y con mayor tirada, El nuevo herald … me había pedido  relatar mis memorias; y mañana más de medio millón de personas leerán cómo cometí este espeluznante crimen que conmocionó a todo el estado de Florida.
 Lo lamento, pero amigos, no va a ser como algunos creen, porque al igual que  no todo lo que brilla es oro, tampoco  todo lo que aparenta malo lo es a ciencia cierta. Al juzgarme me nombraron de todo, monstruo, abominación humana, hijo de… y un montón de  apodos innombrables. Estoy completamente convencido que cuando leáis mi relato cambiaréis de opinión, a decir verdad, no tengo ni la más mínima duda que habrá gente llorando arrepentida después de tan infames insultos que se profirieron contra mi persona.  Empiezo sin preámbulos a narrar mi historia, porque como había referido anteriormente tengo las horas contadas.
De joven era jovial, respetuoso y gentil. Lo que más me gustaba era estudiar en profundidad la sangrada biblia y meditar sobre las palabras de nuestro señor Jesucristo; y claro practicarlas en mi vida diaria. Al cumplir veinticinco años conocí a mi esposa. Ella era una joven encantadora, sosegada y llena de sueños e ilusiones. Al principio me pareció una mujer singular y no tardé de pedirla matrimonio. Ella aceptó gustosamente. De nuestra unión nacieron dos preciosas niñas, todo iba viento en popa, éramos una familia feliz.
Al pasar cinco años de ventura, repentinamente mi situación había dado un giro de 180 grados. Pasó lo peor, lo más macabro, y francamente deseo de todo corazón  que ninguna persona  tenga que pasar  mi horrible experiencia.  De ser un hombre afortunado me había convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en un hombre desdichado.
La gente cree en los demonios, pero yo estoy convencido que no existen: lo que existe  de verdad es el vicio, el alcohol, las drogas, que son el verdadero demonio que arrastra a la gente a la perdición y a la falta de razón.
Al principio ella empezó a beber y gradualmente a deteriorarse no sólo físicamente sino también mentalmente. Primero empezó a engordar a causa de alimentarse de bollos y comidas prefabricadas hasta transformarse en una mujer adiposa llena de michelines. No obstante, lo peor  estaba por llegar, ni se cuidaba, ni se lavaba los dientes, ni tenía la más mínima higiene. A causa de este descuido se le habían estropeado los dientes y aparentaba  un aspecto muy desagradable. A falta de aseo personal, le aparecieron  unos granos rojos purulentos en todo el rostro. Yo con afabilidad la aconsejaba visitar al dentista y  al dermatólogo; sin embargo, ella me mandaba al diablo. Desesperado, con el corazón roto, por la horrible situación que atravesaba, tuve que refugiarme en Dios. Cuando se ponía agresiva contaba hasta diez, tomaba profundas respiraciones, y rezaba a Señor para que me diera la fuerza para soportarla. Al presenciar su horrible aspecto y soportar sus continuas vejaciones, como es natural, no me acostaba con ella, porque me producía repugnancia  solo de acercarme a su rostro. Para mi infortunio  ella con la razón totalmente perdida y enfrascada en una botella de alcohol se cebó conmigo llamándome mariquita y no sólo no se conformó  con eso, sino que además, me obligó a llevar por la fuerza un delantal con letras grandes “MARICONA”.
Al pasar cierto tiempo  soportando  vejaciones insoportables, planeé, como es natural, el divorcio; sin embargo, cuando veía a mis hijas de 10 y 8 años se me ablandaba  el corazón y, pensaba: “Pero qué malo eres velando por tu propio bienestar y no el de tus propias hijas”.
Un día se presentó con un dóberman negro como el carbón y malo como el mismísimo demonio.
—Has traído el Leviatán a casa— le dije con aire compungido.
Ella no solo no se enfadó, sino al contrario, le encantó el nombre  y lo llamó desde  entonces así. Al día siguiente creía que iba a ser presa de las fauces del monstruo. El maldito perro me atacaba constantemente; y lo más desconcertante era que con mis hijas y con mi mujer se comportaba como un angelito.
Había  sobrellevado durante años maltratos, humillaciones e insultos; sin embargo, no iba a tolerar ni un día más a este demonio en casa. No olvidéis, amigos, que no me había divorciado de ella por el bien de mis hijas; no obstante,  para qué servía mi sacrificio si, finalmente, estaría descuartizado por este diablo.
Al día siguiente con amabilidad, le dije:
—O sacas  al perro al jardín, y lo pones en su casita atado con la cadena, o me marcho.
Me miró con los ojos opacos, dio una calada a su cigarro, arqueó  las cejas y después de haber tomado un sorbo de whisky, dijo con tono mordaz:
— ¡Que te lleve el diablo!
En seguida preparé mi maleta y al bajar la encontré  esperándome  en la puerta.
—Bueno, de acuerdo, en el jardín atado con la cadena.
Al parecer cambió idea y no me extraña, porque yo cocinaba, hacía los quehaceres  domésticos, llevaba a las niñas al colegio, las recogía y encima tenía que trabajar para mantener la familia. Ella también hacía dos cosas. Acostarse  en la cama fumando y viento estúpidas telenovelas mientras vaciaba bebiendo una botella de alcohol detrás de otra.
Al llegar el verano  mandamos a las niñas con sus abuelos. Yo cada fin de semana  iba con mi lancha a pescar y en el vasto océano encontraba el sosiego y la paz interior lejos de este monstruo. De tanto llamarme maricona,  yo también le había dado un mote; y la había llamado Moby Dick; desde luego le iba bien el apodo con sus 150 kilos parecía más una ballena  encallada que una mujer. Había olvidado decirles que le llamaba para mis adentros, sino, no creo haber podido contaros nada.
Era final de julio, un  día muy caluroso como cada sábado me tocaba  ir a pescar. Preparé la comida, lavé los platos apresuradamente; y sólo tenía que colocarlos a su sitio y salir. Teniendo los platos en mis manos, iba rápido a ponerlos en su sitio cuando de repente ella me zancadilleó. Todos los platos se rompieron por fortuna no me había cortado y ella riéndose a carcajadas decía: 
—Esto  te pasa por maricona.
En este caso y por primera vez no conté hasta diez, tampoco hice profundas respiraciones, olvidé  rezar a Dios. Lo único que recuerdo es que me subió la sangre a la cabeza, mi corazón batía como un martillo, un escalofrío recorrió mi espalda y fuera por la razón que fuese estaba  fuera de mí; con pocas palabras perdí los estribos. Cogí un enorme tiesto y lo empotré contra su cabeza. Bueno, qué  queréis que os diga que el tiesto se rompió en mil pedazos o como adivinéis maté a Moby Dick: mejor dicho a mi mujer. Su cráneo estaba totalmente hundido: se había muerto al instante. Tomé por si acaso el pulso estaba más muerta que Bin Laden.
En mi vida siempre había sido tolerante y comprensivo,  igual que perdonaba todo el mundo decidí perdonarme a mí mismo. Miré el enorme cuerpo de mi mujer en el suelo tendido boca arriba con los ojos desorbitadamente abiertos como platos parecía que iba a levantarse  en cualquier momento. Empecé a meditar que debería hacer. Tenía dos opciones: opción A, llamar a la policía y entregarme. Es decir, que me acusarían de asesinato con premeditación y eso me llevaría a la silla eléctrica o la inyección letal. Por desgracia vivía en Florida; en pocas palabras: tenía la muerte asegurada. Opción B: hacer desaparecer el cadáver, porque  sin él sería  muy difícil formular una acusación. Pero también provocaría otras dos posibilidades. Si me pillasen me pasaría lo mismo que si me entregase a la policía, y si no encontrasen el cadáver: a lo mejor podría escabullirme. Siempre me he considerado un hombre sagaz y decidí lo que haría cualquier persona coherente: intentar eliminar el cadáver.
Medité alrededor de veinte minutos y opté por descuartizarlo. Mi profesión era carnicero, igual eso me había empujado a elegir esta opción. Al abrir el estómago con una enorme macheta empecé a poner el intestino, el hígado, los riñones… en bolsas de basura. Cuando había vaciado el cadáver empecé a cortarlo con la macheta igual que cuando cortaba las chuletas de aguja en mi carnicería. Al terminar limpié las gotas de sudor que caían de mi rostro, la verdad, tenía el cuerpo empapado. Contemplé el cuerpo descuartizado  y cambié de opinión. Me decanté por hacer minúsculos trocitos, sería más fácil transportarlos. Trabajé más de una hora y media a destajo; no obstante, al finalizar estaba feliz. Era totalmente irreconocible, llené diez bolsas de doble capa de basura y esperé hasta las dos de la madrugada.



Al meter las bolsas en el coche me encaminé hacia mi lancha. Al llegar puse las bolsas en la proa de la nave y me dirigí mar  adentro. Al pasar una hora descargué las bolsas en el mar. No habían pasado ni diez minutos y el lugar donde vacié  las bolsas estaba atestado de tiburones haciendo un festín con los trozos de mi mujer. No sé porque siempre había sentido una aversión por esos animales; sin embargo, esta vez me habían parecido muy simpáticos hasta pude acariciar uno cerca de mi lancha. “Creo que al final no eres tan mala, pensé, al parecer para algo sirves alimentando estas vestias.”
Al volver a casa eran las siete de la mañana. Empecé a trabajar con ahínco. Según estaba limpiando con lejía para borrar las huellas, de repente, mis ojos se fijaron en un minúsculo trozo.
— ¿Qué raro, cómo se me había escapado?— repuse.
Estaba exhausto y muy estresado mis nervios estaban a flor de piel, el trocito era más pequeño que la uña de dedo meñique. Sin pensarlo dos veces fui a la parte trasera del jardín, hice un hoyo lo puse dentro y lo tapé. A las nueve de la mañana lo tenía todo limpio, no había rastro  de mi crimen. Por si acaso decidí  pintar la habitación donde sucedió el suceso. Me costó cuatro horas pintar el cuarto y al terminar me di una ducha y me fui directamente a dormir. Al despertar me encontraba mucho mejor me había dormido unas dieciséis horas, no me extraña después de la paliza que me había dado el día anterior. Esperé hasta la una de mediodía y llamé para denunciar la desaparición  de mi esposa a la policía. Ellos no demoraron en aparecer, me hicieron un montón de preguntas y cuando terminaron se fueron. En los días siguientes, muy sosegado hacía mis quehaceres como si no hubiera pasado nada. De improviso al tercer día se presentaron los policías con una orden de registro firmado por el juez y empezaron  a registrar la casa palmo a palmo. Sin embargo, al no encontrar nada salieron al jardín donde el perro ladraba y se meneaba de un sitio a otro sin parar.
— ¿Qué te pasa, amigo?—le dijo un policía acariciándolo y el maldito perro se movía como queriendo enseñarle algo.
—Por favor, sería tan  amable de darme la llave de la cadena  del perro— dijo el inspector frunciendo el entrecejo. Yo nunca me había  imaginado  lo que iba a acontecer. El maldito perro cuando lo había liberado se  había ido directamente a la parte trasera de jardín donde estaba escondido el minúsculo trozo y excavando con sus pezuñas lo había sacado a la superficie. El inspector policial lo metió en una bolsa de plástico y el resto, amigos lectores, no es difícil de adivinar.




Pero mi historia todavía no se ha terminado, amigos, he de relatarles lo que me sucedió ayer por la noche. Lleno de angustia empecé a rezar a Dios. Asesinar  una persona es imperdonable, así que aturdido, desorientado y con el alma partida en dos de dolor oraba a Señor sin parar pidiendo misericordia .La  muerte no me da temor porque todos algún día falleceremos; sin embargo, después de haber cometido el crimen pensaba  que muy pronto estaría quemándome en las llamas eternas del infierno junto con los criminales, violadores, etc. Una ansiedad  aguda colmo todo mi ser y no pude aguantar la situación, lloré sin cesar durante varias horas. De súbito, se me había presentado un ser de luz y empezó a consolarme. En un día estarás con nosotros en un mundo de amor y felicidad donde sólo pueden entrar los seres de corazón puro. La justicia divina no tiene nada que ver con la justicia humana. Dios conoce todos tus actos y no  juzgará toda tu vida  por un hecho desafortunado. Anímate y alégrate, libérate de pensamientos negativos y cosecharás la recompensa de tu fidelidad y la dedicación a las leyes y el amor incondicional  hacia tu señor Jesucristo.
Así, amigos lectores, no deseo que os  sintáis afligidos, sino que regocijéis porque muy pronto estaré en un mundo mejor. También quiero decir que perdono  a  todas las personas que me insultaron hasta las que  han querido lincharme.
Antes de terminar,  tengo que confesar algo que me corroe, aflige y tortura. Espero que Dios  en su infinita misericordia me perdone por lo que os voy a decir: me ruborizo  solo de pensarlo, se me hiela la sangre dentro de las  venas, no puedo ir al otro mundo sin confesar mi último pecado.
No me arrepiento de nada en esta vida excepto de una cosa. Me arrepiento de no haber matado también a ese maldito perro.